¡Hola! Aquí estoy, con otra catetilla: dar un cuarto al
pregonero, que significa divulgar algo que se debería tener callado, es decir,
propio de cotillas, de chismosos. Acabó utilizándose en sentido peyorativo “Si
no quieres que se sepa algo, no se lo digas a nadie, ya sabes que en todos los
grupos hay amigos de darle un cuarto al pregonero”, pero el origen de la frase
es muy distinto.
Seguro que los que vivieron la infancia en los pueblos
recuerdan al alguacil: el vecino que por un par de duros, o lo que fuera, que
pagaba quien solicitara el servicio recorría el pueblo trompetilla en mano para
avisar de que el pescadero había llegado a la plaza, de que tales días iba el
veterinario a reconocer las lenguas en épocas de matanzas, de que de tal a tal
día tendrían que acudir al ayuntamiento los obligados a pasar revisión de la
cartilla militar, de que a partir de tal día se podía pasar por la iglesia a
comprar la bula cuando llegaba la Cuaresma, etc., etc., etc. Si el alguacil no
estaba, iba la mujer, que para todos era la alguacila. El último
alguacil que yo me encontré echando un pregón fue en un pueblo de Burgos, de
esto hace más de veinte años, y ya nos pareció algo raro; anunciaba que había
llegado un vendedor ambulante a la plaza
con pollos y pollas nuevas. Pero hay que decir que la figura del alguacil data
de muy antiguo. Para quien quiera saber más, al final dejo su historia. Entre
otras cosas descubrirá por qué unas veces se dice dar un cuarto al pregonero,
otras dos y otras tres.
Feliz lectura.
Dar un cuarto al pregonero, dar dos cuartos al pregonero,
dar tres cuartos al pregonero: difundir, propagar o divulgar alguna cosa o algún
asunto que debería mantenerse en secreto. Un cuarto, moneda de cobre
equivalente a cuatro maravedíes, era el sueldo que percibía un pregonero por
hacer su trabajo: recorrer calles y plazas anunciando lo que quien pagaba había
encargado. El de pregonero era un oficio público, casi siempre auspiciado por
la judicatura o las alcaldías.
La clásica figura del pregonero era el empleado público que
se encargaba de vocear en diversos lugares de la localidad los acuerdos y
disposiciones municipales, también daba noticias y avisos de interés público, a
veces, contratados por los vecinos comunicaban la venta de productos o de
objetos.
La figura del pregonero o portavoz ambulante de noticias
existe desde hace mucho tiempo, incluso se lo registra en la época de los
romanos.
En España, se sabe que existían pregoneros por lo menos
desde el siglo XV y además tenían la particularidad de estar divididos en tres
clases: los oficiales, que estaban al servicio de la Administración; los
heraldos, que marchaban delante de los nobles anunciando el paso de estos, y
los voceadores mercantiles que, por encargo de cualquier vendedor, pregonaban
los artículos y servicios más diversos. La tarifa usual de estos últimos era un
cuarto, moneda de cobre que equivalía a cuatro maravedíes, es decir, alrededor
de tres céntimos de peseta, de manera que dar un cuarto al pregonero
significaba pagar los servicios de ese oficial público para que difundiese, en
voz alta, cualquier tipo de noticia.
Podemos decir dar un cuarto, dos cuartos o tres cuartos al
pregonero, porque, según la época, la retribución del pregonero iba subiendo
como la misma vida.
Los pregoneros tienen su origen en aquellos empleados públicos
subalternos de la época romana, llamados "praecones", que tenían como
misión convocar a las centurias y a las tribus para que asistieran a los
comicios, convocar a las reuniones del Senado, anunciar ventas en subastas e
imponer silencio en las asambleas y ceremonias.
Antecesores de los pregoneros fueron los heraldos que
convocaban las asambleas de los jefes o generales, imponían silencio a la
multitud antes de que hablaran los reyes; se servían de la tuba o trompeta para
llamar la atención del acontecimiento que iba a comenzar.
Y ahora Alfred López, el listo que todo lo sabe, nos
complementa la información:
De todos es conocido el oficio de pregonero, un empleado público
que se encargaba de difundir de viva voz las noticias importantes (bandos
municipales, leyes, dictámenes reales… ) que afectaban a los ciudadanos.
Era común que éstos también realizasen, por encargo de
particulares que se lo solicitaban, la divulgación de cualquier tipo de
noticias (bodas, bautizos, fallecimientos, ventas de terrenos…), tras percibir
por ese trabajo una remuneración que solía ser de una moneda de un cuarto; la
cual equivalía a cuatro maravedís de vellón y que fue acuñada a partir del
siglo XIV, estando en vigencia hasta el XIX.
La propagación de noticias por parte de los pregoneros, tras
recibir un pago, rápidamente se equiparó coloquialmente con el acto de difundir
chismorreos, naciendo la expresión: ‘Lo mismo es decírselo a Fulanita, que dar
un cuarto al pregonero’, con el sentido de que según qué le contabas a
determinada persona, conocida por su indiscreción (normalmente una cotilla y/o
chafardera), era lo mismo que encargar que fuese difundido por el pregonero a
cambio de una moneda.